

En toda organización, hay momentos que revelan verdades grandes y profundas. Esta semana, fui testigo de uno de esos momentos durante una reunión con el Comité de Cambio Cultural de una empresa que está en plena transformación. Lo que ocurrió en esa sala no solo fue una discusión entre colegas; fue una demostración perfecta de dos maneras de responder al mundo.
La situación comenzó como un intercambio de ideas sobre un evento reciente: un problema complejo que había afectado a un equipo y que había requerido la intervención de varios líderes. Al principio, los relatos fluían con naturalidad, pero luego ocurrió algo predecible: surgieron dos versiones distintas de lo que había pasado. Los desacuerdos escalaron rápidamente.
Uno de los miembros del comité empezó a elevar la voz, insistiendo en que su perspectiva era la correcta. Las palabras, cargadas de frustración, iban y venían, como una ráfaga de viento que solo parecía avivar el fuego. El otro miembro del comité, sin embargo, hizo algo fascinante. No se unió al aumento del calor de las emociones. Escuchó, reflexionó y, tras un breve silencio, dijo con calma: “Tengo una idea que creo que podría ayudarnos a manejar mejor situaciones como esta en el futuro”.
Fue un momento que me recordó algo profundamente humano: cómo interpretamos y respondemos al entorno define no solo quiénes somos, sino también cómo impactamos el mundo a nuestro alrededor. Y en ese instante, pensé en una metáfora que he compartido muchas veces: la diferencia entre un termómetro y un termostato.
El termómetro y el termostato son objetos tan comunes que apenas les prestamos atención. Pero, en realidad, son símbolos poderosos de cómo interactuamos con nuestro entorno.
El termómetro es reactivo. Mide lo que está sucediendo, ya sea un ambiente cálido o una tensión palpable en una sala de reuniones. Nos da datos precisos, nos dice exactamente qué está pasando, pero no tiene el poder de cambiar nada. Es, en esencia, un reflejo del entorno.
El termostato, por el contrario, no solo observa. Toma decisiones. Es proactivo. Si el ambiente está demasiado caliente, lo enfría. Si está frío, lo calienta. No responde de manera inmediata; ajusta el entorno gradualmente hasta que alcanza el punto exacto que considera adecuado. El termostato no solo se enfrenta al entorno: lo redefine.
En la reunión del comité, vi a un termómetro y a un termostato en acción. Uno reaccionaba, reflejando la intensidad del ambiente. El otro, con una pausa calculada, decidió intervenir de manera constructiva. Fue una demostración de cómo, incluso en momentos de tensión, es posible elegir cómo responder.
¿Por qué algunos de nosotros tendemos a ser termómetros y otros termostatos? Parte de la respuesta radica en cómo nuestros cerebros manejan las emociones. Cuando algo nos altera, nuestro sistema límbico —la parte del cerebro responsable de las emociones— entra en acción, desencadenando una respuesta instintiva. Es como si el termómetro interno subiera de golpe.
Pero el termostato interno, nuestra corteza prefrontal, tiene una función diferente. Esta región del cerebro nos permite regular nuestras emociones, pensar en las consecuencias de nuestras acciones y elegir una respuesta más meditada. No siempre es fácil activar esta parte de nosotros mismos, especialmente cuando estamos bajo presión, pero con práctica, podemos fortalecerla.
Ser un termostato no es algo que ocurra automáticamente. Es un proceso que requiere intención y práctica. Aquí hay un cuento que puede ayudarte:
Llegó Pedro a casa, muy enojado con la profesora por lo que había ocurrido en clase. El padre, viendo lo que ocurría, invitó a Pedro a la cocina y puso tres ollas de agua a hervir.
En la primera, agregó un huevo, en la segunda, una zanahoria, y a la tercera, le agregó café.
Mientras su hijo se descargaba, el agua comenzó a hervir. Al cabo de 10 minutos, el padre apagó el fuego y le dijo a su hijo: “Pedro, hoy lo que pasó fue como el agua hirviendo, ¿fuiste como el huevo, la zanahoria o el café?”
El hijo, confundido, le preguntó al padre qué quería decir con eso y el padre explicó: “el agua hirviendo fue la misma pero el huevo se endureció por dentro, cambió su esencia. La zanahoria se deshizo, perdió su compostura. En cambio el café, sacó su mejor versión y se convirtió en una bebida agradable a pesar del agua hirviendo.
Las circunstancias no siempre estarán bajo tu control, pero tu reacción frente a ellas, es algo que tú puedes controlar.”
Ese día, mientras observaba al comité, entendí algo que siempre había sabido, pero que nunca había visto de manera tan clara: nuestras circunstancias no nos definen, pero nuestras respuestas sí. El termómetro puede ser honesto, pero el termostato tiene el poder de transformar y liderar el cambio.
Así que, ¿eres termómetro o termostato? Si no estás seguro, te invito a reflexionar la próxima vez que te enfrentes a un momento de tensión o conflicto. Esa pausa, ese pequeño instante en el que decides cómo actuar, puede marcar toda la diferencia.
Si te interesa profundizar más en esta idea, te dejo este breve vídeo en nuestra cuenta de Instagram que explica la metáfora de manera visual y poderosa:
👉 Míralo aquí.
Gracias por formar parte de la comunidad Generación EPI. No olvides compartir tus ideas y reflexiones en los comentarios. Me encantaría saber: ¿cómo decides responder a las circunstancias de tu vida?
Hasta pronto,
Ale.
No esperemos llegar a la adultez para aprender esto.
Las escuelas pueden aprenderlo y a su vez enseñarlo. Este año tenemos una gran iniciativa con la Red de Escuelas Empoderadoras (el año que viene salimos con la de empresas!).
Si te interesa saber más del tema, escríbenos y con gusto te mandamos más información.
Te dejo abajo aún más frases poderosas que puedes compartir en tus redes o por WhatsApp con quienes puedan beneficiarse.
¡Te esperamos!
Por último te queremos compartir una colección de frases empoderadoras.
Escríbenos
1 Comment
Me parece interesante cada temática sonre todo de ser termostato a ser termómetro esa frase me llego mucho